martes, marzo 22, 2005

En la batalla

Mierda. Uno más.

Malos momentos eran aquellos de la batalla. Uno a uno caían mis compañeros bien por fuego enemigo, bien por imprudencias, por las minas desperdigadas o porque allí y en ese instante ese era el momento que se les habia impuesto como castigo al nacer.

No es que sólo fuesen compañeros, camaradas y amigos, además eran mi sustento, una porción de mis posibilidades de supervivencia, y en ese instante sabía que el pitillo que se consumía lentamente entre mis labios podría ser el último.

Nos lo advertían una y otra vez: Sois un grupo, sólos no valeís más que el casquillo que acabará con vuestra vida, el mango del cuchillo que os remate mientras colgaís de un árbol. Si actuaís como un grupo multiplicais vuestras habilidades.

Pero claro, en nuestras fogosas y aún inexpertas mentes, lo de supeditar lo tuyo a los demás no parecía la mejor solución. Quienes eran mil quinientos enemigos si tenía mi fusil y el resto del equipo. El primero que se adelantó duro lo que la paga del primer mes. Había tanto que celebrar que caía fulminada, como nuestro compañero, fulminado y boca abajo en el rio.

El segundo decía no querer caer en el mismo error, y al final, un montón con el primero fue a hacer. Los que quedabamos intentabamos recomponer la situación, incluso salvamos a algun impetuoso compañero que quiso solucionar por sí solo el desaguisado.

No sé si será la desesperación, el puto ruido de las balas silbando a nuestro alrededor, o el saber que la derrota está tan cercana que los que quedamos ya no recordamos eso del espíritu de grupo, del equipo, de que me necesitas para sobrevivir y yo a tí, pero ahora todos están haciendo la guerra por su cuenta, y lo único que consiguen es facilitarle la tarea a un enemigo que no necesita más facilidades.

Mierda. Mierda. Mierda.

No veo muchos compañeros más dispuestos a aguantar juntos. A lo mejor eran nuestros maestros los que estaban equivocados, y la única forma de ganar es luchando sólo, sin necesitar, esperar ni ofrecer más ayuda que la que tu cabeza, tus brazos y tu corazón puede ofrecerte.

Es posible, porque no.

¿Porqué habré tardado tanto tiempo en darme cuenta? Apagaré el cigarro y saldré a buscar la victoria en esta batalla cruel en la que no quedan soldados amigos.

Una calada y dos pasos despues el agua se perturbó con un cuerpo inerte más en el agua.

Una canción: Querida Milagros (El último de la fila)
Un libro: El buscón de Quevedo