jueves, diciembre 11, 2003

De precio, la voluntad

Conoci esa sensación en mi primer viaje a . Me sentí en mi patría estando en otro país. Luego regresé y me sentí un extranjero, un peón negro en territorio de torres blancos. Envidiado, señalado, marcado por una diferencia que ni se veía a simple vista, ni se encontraba en el interior.

Decidi ofrecerme a los demás, ayudar, tener oidos para el que quería hablar, una sonrisa para el triste. Sonrisa que puse en mi estandarte, ondeando en cada batalla, con niños aburridos, hombres y mujeres que padecían de mal de amores, el único dolor que no duele en el cuerpo pero que atraviesa el alma

Hice todo eso, y con todas las vivencias, los dolores, las penas y el sufrimiento de los demás, una sombra oscurecía mi cuerpo. Y quise dejar de escuchar, y deje de sonreir.

Empece a hablar, y poco a poco me volví triste. Al principio fue un hartazgo, la incapacidad de compartir mi tiempo con otros. Volvia a ser un extranjero entre gentes extrañas, todos me rehuían, escapaban de este pobre chiflado.

No habría pasado mucho tiempo cuando ellos vinieron una vez más, ¡escuchanos!, ¡sonrienos! le pedían. Y mi alma de payaso se enjugó las lagrimas con el dorso de la mano, sonrió y mil bocas se unieron para gritar.

Dos orejas nada más para atender todo lo que le pedían.

Un día dijo ¡Basta! Se echo la manta a la cabeza, dejó todo atrás y recorrió el mundo. Habló con mucha gente, recibió mil sonrisas y regalos, hasta darse cuenta que no hay mayor pena que la que sufre uno mismo, y que el consuelo dado sirve a dos, al que recibe y al que da.

Por que no hay más lado en una batalla que el de uno mismo, ni más ley que la de sobrevivir.

Una canción: Frío (Manolo Tena)