jueves, diciembre 18, 2003

El que dirán

Estamos entre vosotros. No sabeís que estamos ahí. Que detras de nuestra apariencia de personas normales existe un rolero o un freaki dentro de nosotros. Si lo supierais, seguramente saldríais corriendo, nunca nos daríais la espalda, nos mantendriais alejados de vuestros hijos como aquellos seres de la edad media con sus pestes y sus lepras.

No es así, somos normales hacemos las mismas cossas que vosotros, tenemos los mismos gustos, pero en cuanto se revela nuestra afición, la gente suele correr como si fuesemos portadores de malas noticias, un mensajero al que hay que matar.

El principal problema no es que seamos roleros, ni que se nos identifique con lo que somos. El mayor problema es que nosotros fomentemos eso.

Os preguntareis, a que viene esto? Sencillo. Esta mañana le he comentado a un amigo la posibilidad de jugar una partida en el bar donde vamos siempre. Por las mañanas no hay casi nadie y no nos pondrían pegas, siempre que consumamos que para eso es un bar.

La respuesta fue algo así como "Al rol en el Aroca? No nos van a dejar, está muy mal visto".

Podríamos pensar que el comentario es sin malicia, de hecho yo tambien lo pienso, pero lo preocupante es lo que subyace. El no querer jugar abiertamente, el pasarnos a la clandestinidad. El sectarismo es uno de los peores males, y reconozco que los roleros lo practicamos mucho, incluso inconscientemente como ha hecho mi amigo.

Cuando no queremos explicar algo porque es lioso, o cuando empezamos a charlar sin darnos cuenta de que hay gente al lado que no sabe de lo que hablamos (algún día contaré una anecdota en el metro: yo, mi AK-47 y una viejecita).

Aunque siempre habrá gente que nos critique, que nos llame infantiles, otro friki de mierda (como el del cine cuando nos quedamos a ver el huevo de pascua de Piratas del Caribe) o locos charados asesinos, la mayor parte de la gente sabrá cuando se lo explicas que un juego es un juego. Los que no se den cuenta de eso es que han perdido la capacidad de jugar, de imaginar, aparcando en su divina vida de adulto la magía por la que tu bici se convertía en una nave estelar, el tirachinas en el arma más poderosa del mundo, y la vecina del segundo que no paraba de mirar por la ventana un peligroso dragón que tenía a la princesa.

Una canción: A quien le importa (Alaska y Dinarama)