lunes, noviembre 24, 2003

Anochecer en Madrid

No me gusta el Metro. Es el medio más rápido de ir de un sitio a otro en Madrid, sobre todo si necesitas hacer viajes largos, de un punto a otro de la ciudad. Pero no me permite ver el trasiego de gente yendo y viniendo, ni observar las pequeñas historias que tienen lugar en las aceras, las madres que regañan a sus hijos, la gente mirando escaparates. Tampoco me permite mirar a traves del cristal, sin fijar la mirada en ningun punto en concreto y dejando pasar metros y metros de asfalto.

Por eso, y por muchas cosas más me gusta viajar en autobus. Me encanta la sensación de "cruzar la frontera" de mi barrio en el 39 y meterme en la Nacional V, saber que dejo el terreno amigo, para adentrarme en sendas desconocidas de camino a las tierras de todos y a la vez de nadie que son los centros de las ciudades en los que hay más dependientes que gente viviendo en los edificios. Me encanta ver Los Jardines de Sabatini y el Campo del Moro (esos mismos en los que nunca he entrado), la vieja y deteriorada Estación del Norte (la misma que espera a que Antonio Banderas ruede otra entrega del Zorro, para hacer allí­ un centro comercial y un teatro).

Me gusta pasear por Moncloa y Argüelles. La zona universitaria por excelencia. La zona donde deje una gran parte de mi entre las cuatro paredes de mi curro, tres chinos: un restaurante y dos frutos secos, un bar donde me desdoblaba en un clerigo de nivel 8 y las aceras que me llevaban desde allí a Princesa hasta la Plaza de España donde me esperaba el buho para dejarme en casa.

Me gusta pasear de Moncloa a casa en ese trayecto de vuelta, donde da igual llegar cinco o diez minutos más tarde, y regocijarse en la calidez del paseo, el abrigarse con la chaqueta mientras pasas por el Corte Ingles, hacer un alto en Games Workshop, y continuar Princesa abajo, mientras el cielo va perdiendo grandes cantidades de ese azul luminoso que se dejaba ver a traves de las nubes.

Una vez en Plaza de España atravesar el parque, alrededor de la estatua de Don Quijote, hacia la Cuesta de San Vicente donde coger el autobus. De fondo se divisaba un cielo precioso, un degradado del azul claro que empezaba en lo alto del cielo, hasta un sol casi puesto, lanzando las ultimas llamaradas rojas, que luchaban por alcanzar el cielo, pero unas nubes traicioneras se lo impedían, reflejando esas luces rojas devueltas hacia el alba.

No he podido hacer otra cosa que sentarme en un banco y disfrutar durante unos minutos de las lagrimas que derramaba el sol por no querer ponerse e irse a dormir. O lloraba por otra cosa, no sé...

Una canción: Esta llorando el sol (Complices)